Cada uno de nosotros somos como lienzos en las manos de un pintor. Cada uno de nosotros podemos llegar a ser una obra maestra.
El día que nacimos no fue una sorpresa para Dios, el lo sabia nos estaba esperando. El ya tenía preparada la pintura para trazar en nosotros su propósito eterno. En algunos él pudo comenzar su obra rápidamente mientras que en otros tuvo que esperar más. Y hay algunos por los que aun espera.
En esa espera nuestro lienzo no permaneció en blanco, comenzó a ser pintado por el enemigo de nuestra alma. Lentamente comenzó a poner feos colores, malos trazos, composición sin sentido. Otras veces somos nosotros los que nos aplicamos con nuestras decisiones plastas de pintura que nos afean el alma y no nos damos cuenta.
Pero nunca es tarde, el maestro pintor está dispuesto a trabajar con nuestro lienzo. El no nos descarta, toma nuestra vida y la limpia con el único removedor de manchas que existe para eso. La sangre de Cristo, esta es aplicada suavemente sobre nosotros para remover la fealdad que hay en mí y en ti.
Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo á sí mismo, según el puro afecto de su voluntad, Para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado: En el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados por las riquezas de su gracia,
Efesios 1:4-7
No hay comentarios:
Publicar un comentario